El teléfono sonaba con una fuerza endiablada. Lo cogió de mala gana y maldijo el momento en que había decidido poner la alarma a las siete de la mañana; aún estaba pensando en quién le mandaría a él ser un buen samaritano. Dejó el objeto de su ira sobre la mesita de noche de nuevo y miró la cartera marrón que había justo al lado de la lámpara. La abrió y volvió a sacar el carnet del muchacho. Se llamaba Pedro; la foto de carnet y la de su identificación de empresa no le hacían justicia. Haciendo memoria, se acordó de que era algo más guapo que la imagen que tenía delante. A ver, no era un modelo de cartel de Matinne, pero le gustaba; había algo que le tiraba. Cuando salió corriendo ayer después de discutir, no podía imaginar que hoy se lo volvería a encontrar.

Después de darse una buena ducha e intentar, sin mucho éxito, sacarse los rastros de purpurina que se le pegaron ayer por culpa de Poison, se vistió concienzudamente para parecer alguien respetable y no asustar al conservador muchacho y que pensara que iba a violarlo salvajemente delante de toda su oficina. Mientras intentaba sofocar el ataque de risa que le estaba entrando por imaginarse la escena, fue a la cocina, encendió la cafetera y puso dentro una capsula de café. Mientras, también bajó la tostadora para que se fuera calentando. Volvió al baño y se secó el pelo para hacerse una coleta. Estaba orgulloso de su pelo largo. Le había costado años conseguir tal longitud, y eso le daba puntos como travesti al no necesitar peluca, solo un espray de tinte y mucha brillantina.

Mirándose por última vez al espejo, fue a la cocina a desayunar lo más rápido posible, hizo un par de tostadas con mantequilla y un café bien cargado. Hoy iba a necesitar cafeína por un tubo si quería ser persona en lo que restaba de día.

Siendo un chico de la noche, coger el transporte público en hora punta fue sin duda una de las aventuras más increíbles de su vida. Estaba todo a petar y se sentía incómodo con tantísima gente. No podía evitar pensar que debería haber cogido un taxi para llevarle a la zona donde trabajaba el chico del palo en el culo.

Se bajó en la parada que le tocaba, asqueado del excesivo contacto físico y del olor a sudor matutino. Salió de la parada y vio el complejo de oficinas donde se suponía que trabajaba Pedro; no pudo dejar de pensar en que el sitio era tan gris como él parecía ser. Este chico necesitaba un poco de magia marica en su vida o moriría amargado, rodeado de cien gatos y diez periquitos sordos. Ahora mismo, el muchacho era como esa gran masa de hormigón: gris, recto, lleno de cristal negro y sin personalidad.

Entró y fue directo a la recepcionista. Obviamente, era rubia teñida y más maquillada que Poison en una mala noche. La chica le sonrió y lo miró de arriba abajo, haciéndole un escáner.

—¿En qué puedo ayudarle? —le preguntó la muchacha sin sacarse la sonrisa.

—He venido a ver a Pedro Ortiz. ¿Le puede decir que Miguel está aquí con algo suyo?

—Muy bien, espere en los sillones, por favor, le avisaré y bajará enseguida.

—Gracias, guapa —dijo Miguel divertido, guiñándole un ojo.

Se sentó en los modernos pero incomodísimos sofás y comenzó a mirar su teléfono. Abrió el Grindr y se puso a ver cuánta gente estaba conectada en esta zona. Casi se le escapó la risa al ver que, solo a menos de cuarenta metros, tenía más de veinte chicos dispuestos a hacer una escapada de emergencia. Ya casi salivaba con la zona de cruising cuando escuchó los pasos de unos zapatos de hombre repicar contra las baldosas de mármol marrón. Levantó la vista y ahí estaba él, con cara de pocos amigos y muy molesto, a juzgar por su expresión corporal. Miguel se levantó y le mostró su mejor sonrisa “Profident”. La verdad era que, con traje, el chico ganaba muchos enteros; daban ganas de darle un revolcón en los baños.

—Hola, me han dicho que tenías algo mío, pero no conozco a ningún Miguel, a menos que fueras quien me robara la cartera ayer y, ahora, avergonzado, me la traigas.

El esnobismo del chico estuvo a punto de sacar a Poison a flote. En toda su vida, jamás se había encontrado con semejante imbécil creído de mierda.

—Veo que eres de los listos, de los que piensan que están por encima de los demás y todos quieren vivir tu vida, ¿verdad?

Cabreado, sacó la cartera de su bolso y se la tiró al pecho junto a su acreditación, con bastante desdén y enfadado.

—Aquí tienes tu mierda de cartera, con toda tu documentación, tu acreditación y los más de trescientos euros que había dentro. Que te aproveche —le dijo molesto y muy malhumorado—. ¡Anda y que te follen, amargado y sociópata de mierda!

—Pero…

—Vamos a ver si lo he dejado claro. He venido con la mejor intención del mundo a devolverte tu cartera. ¡Lo mínimo que podrías haber hecho es dar gracias y sonreír! Pero no. Has decidido llamarme ladrón en toda la puta cara e insultarme gratuitamente. Mira, guapo, olvídame, imbécil. ¿Quién coño te has creído que eres?

Se largó como alma que lleva al diablo, dejando al cretino con la palabra en la boca, mientras salía del edificio y llamaba un taxi; no pensaba volver a coger el transporte público por un gilipollas que pensaba que era superior a él. Le dijeron que tardarían diez minutos en llegar, ya que la zona de edificios estaba a las afueras. Se quedó esperando mientras se fumaba un cigarrillo. La rabia le burbujeaba por dentro. Poison quería salir; tenía la necesidad de decirle miles de cosas desagradables y degradantes a ese imbécil. Pero no era el momento; su lado travesti habría de esperar. El taxi llegó y, tirando el cigarrillo con rabia contra una de las macetas de concreto, se subió y le dio la dirección de su casa.

Pedro no podía flipar más. Miró su cartera, buscando que sus tarjetas y el dinero, como le había dicho el subnormal que había venido, estuvieran ahí. Casi tuvo el impulso de salir tras el tal Miguel y pedirle disculpas. Pero el tío le había chillado e insultado. «¡Que le jodan!», pensó para sus adentros.

—¡Qué mono, ¿no?! —le dijo la recepcionista con un tono entre divertido e irritante.

—¿Mono? —preguntó un sorprendido Pedro al extrañarse de que alguien pudiera ver a ese maricón como algo “mono”.

—¡Pues claro! Ha venido a traerte la cartera y no era su obligación. Podría haberla dejado en la policía; o peor: quedarse la pasta y tirar la cartera a una papelera.

Estaba alucinando por un tubo. ¿Ahora el subnormal iba a convertirse en una hermanita de la caridad, un héroe de tres al cuarto o algo así? Ignoró a la cabeza de chorlito que estaba en recepción y subió a su despacho. Cerró la puerta con un poco más de fuerza de lo que debería y todo retumbó a su alrededor.

¿Quién se creía ese maricón de mierda al hacerle sentir mal de esa manera? Debía reconocer que había sido un detalle que se hubiera plantado ahí, sin vacilar y tan temprano.

Ayer fue a la fiesta de despedida del Orgullo y aún no sabía bien el porqué. No había salido del armario, pero algo le dijo que tenía que ir, algo dentro de él lo arrastró a presentarse allí, en contra de su voluntad. Quería ver con sus propios ojos qué era aquello; aunque en su fuero interno sabía que necesitaba gritar a los cuatro vientos lo que era por dentro.

No había tenido una vida fácil. Su familia, religiosa y conservadora, no habría admitido jamás que un hijo les saliera maricón. Era algo vergonzoso, y eso hizo que el propio chico reprimiera quién era por satisfacer a sus padres, a su familia, su comunidad y sus amigos. El año pasado se había medio enamorado en secreto de uno de sus compañeros de trabajo. Duró un par de meses de escarceos esporádicos, pero acabó saliendo mal en el momento en que se enamoró del tipo; estaba casado, con tres hijos y sin intención de dejar esa vida. Eso hizo que su armario se reforzara mucho más, evitando así cualquier daño a su corazón.

Le envió un mail a su supervisor para decirle que se iba a casa, que no se encontraba bien. Cerró su ordenador casi sin mirar nada y se fue para casa enfurruñado. Fue directo a su coche, un BMW de color negro muy elegante y último modelo. Puso rumbo a su apartamento en modo casi automático, mientras iba pensando en el chico de la cartera. Intentaba recordarlo, y la verdad era que no le sonaba de nada del día anterior. Lo único reseñable de ese día fue su discusión con la maricona vestida rara, como si fuera un extraterrestre con el pelo verde y el dios con el que tropezó cuando escapaba de la travesti.

En cuanto llegó a casa, metió el coche en el garaje y se dispuso a ir al supermercado a comprar unas latas de cerveza. Una vez en posesión de la bebida, subió a su casa y se dispuso a hacer repaso de cómo podría haber perdido ayer la cartera. El problema era que seguía sin poder acordarse de dónde la había perdido.

Mirando a ningún lado en especial, con una cerveza en la mano, Pedro se quedó pensativo, hasta que de pronto se le encendió una luz en la mente. «¡Claro! El chico aquel tan guapo». Después de la pelea con el travelo tan raro, había estado hablando con el chico aquel que estaba tan bueno. Se puso a pensar en cómo se llamaba; lo tenía en la punta de la lengua y el muy carbrón no quería salir. Tomó un sorbo de la cerveza y miró la pantalla de la televisión, la cual estaba apagada. Pero le vino el nombre casi al instante.

—¡Vairus! Así era como se llamaba. Joder, Pedro —se amonestó en voz alta—, ¿cómo pudiste olvidar el nombre de semejante semental?

No pudo evitar pensar en el encuentro con el chico y rememorarlo para su deleite.

«Furioso, salí a través de la gente que estaba aglomerada y celebrando la fiesta de despedida del Orgullo cuando, sin poder evitarlo, me topé con un hombre enorme en todos los aspectos. Vestido con ropa moderna, medía casi dos metros y era todo un dios griego, que junto a un pelo negro brillante y sus ojos azul intenso, lo hacían irresistible. Parecía un depredador entre tanta gente, pero me paró en seco. 

¡Hola, guapo! dijo con una voz sensual y creada para que uno se corriera nada más escucharla.

Ho… Digo…, hola. 

Veo que has tenido una pelotera con la travesti del pelo verde. 

Ese imbécil se cree superior a los demás.

Bueno, yo solo diré que ha sido una discusión bastante interesante. Pero me presentaré: soy Vairus y he venido a ver esto dijo con tono de deseo, señalando la fiesta, que en ese momento pasaba un camión lleno de chicos sin camiseta.

No te pierdes nada, es solo una panda de maricones montando un circo y creyéndose mejores que los demás.

Puedo notar cierto resentimiento. No era lo que me había parecido a mí desde aquí; eres tú quien ha ido a increparle a esa travesti por ser quien es. Es más, algo me dice que buscabas ese enfrentamiento para reafirmarte en algo.

¡Eso no es ci…!

No creo que seas capaz de terminar esa frase y decirme que no era cierto, porque yo te he visto bastante agresivo y para nada amable dijo el hombre mientras alzaba la vista para ver a dónde había ido el travesti del pelo verde.

Me gustaría verte en mi vida, cretino.

Y me fui, dejándolo con la palabra en la boca. Apostaría parte de mi sueldo a que no era algo a lo que estaba acostumbrado.

Cogí el metro para salir del centro y dirigirme al aparcamiento donde había dejado mi coche. No pude evitar dejar de pensar en la travesti y sus últimas palabras: “Recuerda que el que ha venido aquí eres tú, quien ha venido a propósito a la fiesta eres tú, y el único que debe sentirse mal es quien viene a señalarme con su dedo. Yo no le he obligado”.

En realidad, esa frase me gustó. Detrás de esa fachada de mamarracha, tuve la sensación de que había alguien con algo de cerebro, pero yo jamás lo admitiría en voz alta».

Se levantó del sofá, inquieto; no podía evitar pensar en todo lo sucedido hoy. Empezaba a sentir cierta vergüenza de su actuación con el chico que le había devuelto la cartera. Y la forma en la que se lo había agradecido no era precisamente la más adecuada. Su madre se estaría revolviendo en la tumba si supiera cómo había tratado a alguien que había hecho algo bueno.

Tomó su cartera y la abrió. Estaba todo lo que había, aunque se dio cuenta de que había una tarjeta de más. La sacó y vio una llave dibujada en la parte delantera. En la trasera había una dirección con la ubicación de un local llamado La Llave y teléfono con un nombre escrito: Miguel…

Miguel llegó a La Llave y entró por la puerta de empleados. Se dirigió a su despacho y se puso a hacer las cuentas. Llevar un local gay en estos tiempos de crisis era bastante complicado. Pero él estaba teniendo suerte. La Llave se había convertido en un local de moda entre los chicos jóvenes de la ciudad, y la carroza del Orgullo había sido un gran reclamo.

Estaba distraído delante del ordenador cuando su teléfono se puso a sonar con la melodía genérica que tenía configurada para quien no estaba en su agenda. Un teléfono de la ciudad sin registrar. Lo dejó sonar y no lo cogió. Se puso a trabajar de nuevo en sus cuentas. Si era urgente, volverían a llamar. Pero al parecer, sí era urgente, y el teléfono volvió a sonar. Esta vez, sí lo tomó al primer toque.

—¿Sí?

—¿Miguel?

«¿Esa voz?».

—¿Quién es?

—Hola…, no me cuelgues. Soy el imbécil al que desinteresadamente has ido a devolver la cartera esta mañana.

—¡Ah, sí! El cretino estirado.

Pudo sentir cómo el otro chico estaba tragando saliva al otro lado del teléfono.

—No tengo excusa para mi comportamiento. Quisiera empezar pidiendo perdón; es más, me gustaría recompensarte por haberme ahorrado un mogollón de papeleo y tiempo. ¿Sería muy atrevido por mi parte invitarte a comer para compensar mi comportamiento y agradecértelo?

La voz de Pedro sonaba acelerada. Se rio por dentro al hacerse a la idea de que el muchacho se había preparado lo que tenía que decir, y lo dijo todo de golpe sin apenas respirar.

—Hoy tienes suerte, no trabajo, así que, si quieres, hoy mismo en un par de horas podemos quedar en el centro y comer donde tú quieras.

—Está bien, pues quedamos en la salida del metro Central a las dos y a partir de ahí vemos.

—Muy bien, Pedro, ahí estaré.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó con algo de preocupación en la voz.

—He tenido tu cartera, ¿recuerdas? He tenido que abrirla para saber de quién era y a dónde tenía que ir a darla.

—¡Oh, joder, qué listo soy! Vuelvo a pedirte disculpas, soy un poco bocazas a veces.

—Oh, cielo, de eso no me cabe la menor duda.

—Hasta dentro de unas horas —dijo algo incómodo Pedro.

—Hasta ahora.

Colgó el teléfono y, sonriendo para sí mismo, buscó en Internet un buen restaurante. El muchacho no sabía aún que él era la travesti con la que se había encarado en aquella fiesta, pero hoy se lo recordaría. Era el momento adecuado para terminar la conversación, sin los sofocos y el confeti del Orgullo.

Aún le quedaban varias horas, así que se dispuso a terminar su trabajo; en una hora podría tener las cuentas acabadas y después podría bajar a ensayar el número de pasado mañana. Quería hacer una nueva versión mejorada de una canción de Cher que lo volvía loco: Runaway, una canción que lo ayudó en muchos momentos de gran pesar, cuando su novio de diez años lo abandonó por otra persona de la que decía que se había enamorado. Ahí fue donde Poison despertó y, gracias a ella, cual ave fénix surgió de las cenizas en las que se había consumido.

Cuando terminó por fin la contabilidad del día anterior, bajó al local por la escalera de servicio y entró en la cabina del pinchadiscos. Buscó el disco de Cher y puso la canción 3 del disco Believe. Los beats de la melodía empezaron a sonar, para dar paso a la intensa y profunda voz de la cantante. Dio los primeros pasos y comenzó el chumba chumba. Cuando gritaba “¡Runaway!”, alzaba los brazos y hacía el gesto como si estuviera alejándose con dramatismo. Movía las caderas de un lado al otro, haciendo hincapié en aprenderse las cadencias de la canción, de cómo tenía que modular su cuello para que pareciera que estaba cantando él. Disfrutaba de los ensayos de una manera que mucha gente no podía entender. Le apasionaba la forma en la que una canción podía ser interpretada sin necesidad de cantarla; solo sus gestos eran los que daban sentido a la música, y esta podía expresarse a través de Poison.

Así estuvo más de una hora, repitiendo la canción hasta la saciedad, mirándose al gran espejo que tenía el escenario para poder ver dónde mejorar cada uno de sus movimientos, pero la alarma del teléfono sonó con fuerza para avisarle de que había quedado dentro de cuarenta minutos en el centro. Se fue a la zona de personal y se dio una ducha rápida.

Por suerte para él, su local estaba muy cerca del centro y en menos de diez minutos se plantaría en la parada Central. Estaba en parte nervioso. Pedro era el típico chico armarioso que no sabía por dónde podría salirle. No quería otro enfrentamiento sobre lo que significaba para él ser gay. A la mínima en la que el chico se comportara de nuevo como un cretino, se levantaría y lo dejaría ahí plantado. No iba a tener la paciencia de nuevo que tuvo cuando era Poison.

Fue curioso llegar al sitio acordado y ver al chico allí esperando. Se puso en una esquina para observarlo. Pedro llevaba un polo rojo Lacoste y unos pantalones tejanos que le iban un poco anchos. No iba mal vestido, pero parecía salido de un partido político de derechas.

El chico no paraba de mirar el teléfono; no llegaba tarde, pero siempre le gustaba que lo esperaran. Decidió que no iba a hacerlo sufrir más y salió de su escondite para encontrarse con él. Cuando ya casi lo tenía delante, saludó con la mano al aire lo más femeninamente posible. Eso hizo que Pedro se incomodara y Miguel se sintiera bien por su “buena acción”. A veces, Poison lo poseía y era una zorra vengativa.

—¡Hola, Pedro! —lo saludó efusivamente y directo a darle dos besos en la cara.

—¿Qué haces? —preguntó asustado y mirando hacia ambos lados mientras se apartaba.

—Pues saludarte adecuadamente, cielo, ¿qué esperabas?

—¿Podemos reducir las efusividades en público, por favor? No estoy acostumbrado a tanta teatralidad y me resulta raro.

Miguel no sabía si mandarlo a la mierda o entenderlo. En realidad, estaba haciendo un esfuerzo enorme en aguantar el tipo. El chaval se veía muy recatado, con un palo en el culo, como diría Poison, pero pudo hacer caso a su razón y al tono de súplica en la voz del chico.

—Está bien, seré más muermo —le dijo sonriendo para que entendiera que estaba bromeando—. He encontrado varios restaurantes por esta zona que están bien de precio y se come bastante bien. ¿Te apetece comida española, india o italiana?

—Cualquiera de las tres… me gusta —titubeó, bastante indeciso.

—Decidido entonces, me apetece una buena salsa putanesca, así que ¡italiana!

—Por favor… —suplicó de nuevo, esta vez más nervioso.

—Tú sabes que nadie te mira a ti, ¿no? Si miran a alguien, es a mí, y en lo que respecta a mua, me la suda mucho.

—Creo que envidio un poco tu libertad de “movimiento” —indicó con los dedos, haciendo comillas al decir la última palabra.

—¿Qué tal si hablamos de eso mientras esperamos la comida? Así te sentirás algo más cómodo.

—¡Gracias!

—No hay de qué.

Fueron caminando hacia el restaurante, el cual no estaba a más de cinco minutos de la estación de metro. Hablaron muy poco; el hielo aún tendría que derretirse un poco más. Miguel intentó controlar a su travesti interior y pudo notar cómo Pedro se calmaba cada vez más.

En el restaurante, al ser un día de cada día, no hizo falta esperar. Les pusieron en una de las mesas que era una esquinera preciosa, donde podrían estar uno delante del otro y con cierta intimidad. Le cedió a Pedro el sitio más discreto para que no se sintiera intimidado. Cuando llegó el camarero, pidieron la bebida y ambos se decidieron por lo mismo del menú del día. Se rieron de eso y fue Miguel quien decidió hablar primero:

—La verdad es que me sorprendió mucho cuando Vairus me dio tu cartera. Dijo algo así como que él no podría devolvértela.

—Vairus… ¿No era ese hombre alto y tremendamente atractivo?

—¿Tú también te tropezaste con él? —preguntó curioso Miguel.

—En realidad no me tropecé, casi me lo como. Estaba tan furioso después de discutir con una travesti impertinente que no lo vi.

—Esto… —«¿Es el momento de confesarse?»—. Yo soy la travesti con la que discutiste —soltó a bocajarro, esperando que no viniera una gran tormenta después.

—¡No me jodas!

—Solo si te dejas, guapo —dijo Poison sin que Miguel pudiera evitarlo.

—¡Déjate de mariconadas, por favor!

—Por si no te has dado cuenta, Pedro, soy maricón y travesti. Lo mío es hacer mariconadas, y si la cosa va a seguir así, yo me piro.

La cara de asustado del chico le dijo que había dado en el clavo. Pedro necesitaba algo más que una simple conversación; algo le decía que debía esperar para ver qué pasaba por su cabeza.

—Lo siento, lo siento, lo siento. De verdad, es que soy nuevo en todo esto y me supera. ¡Joder! Lo siento…

—Vale, cielo, no te preocupes, no pasa nada. No entiendo eso de que eres nuevo. ¿Has salido hace poco del armario? —El silencio después de la pregunta le hizo saber que había dado en el clavo—. Vale, cariño, no te preocupes, yo no voy a morderte ni hacerte nada.

—Es que no he salido del armario ni de ningún sitio.

Eso dejó KO a Miguel.

—Pues no sabes cuánto lo siento, nene. Ahora entiendo parte de tu cabreo. Supongo que estarás algo frustrado, ¿no?

—¿Algo? Me enamoré de un compañero de trabajo, también gay, y se reía de mí. Tuve una relación algo rara con él. Pero descubrí que estaba casado y me dejó porque no tenía intención de abandonar a su mujer e hijos. Eso hizo que reforzara las puertas del armario. Cuando fui a aquella fiesta, era simplemente porque, por una vez, quería sentirme igual a vosotros, los gais.

Miguel respiró. El “vosotros, los gais” lo había fustigado en toda la cara.

—Cielo, si querías sentirte igual que los gais, deberías haber dicho nosotros, y no vosotros. Conozco a muchos chicos como tú, que no han salido del armario y se vuelven unos rancios de cuidado. Pero muchos de ellos no se atreverían a ir a las celebraciones. ¡Imagínatelos en el Orgullo! O ir y discutir como lo hiciste tú con mi alter ego: Poison.

—Bueno, creo que no fue mi mejor actuación.

—Oh, yo creo que la de esta mañana la supera, ¿eh?

Pedro se puso rojo como un tomate y eso le pareció a Miguel una monada.

—¿He dicho ya que lo siento? —susurró mientras el camarero les dejaba la bebida en la mesa.

—Creo que, algunas veces, más de lo políticamente necesario.

Comieron con mucha tranquilidad. Poco a poco, el muchacho se fue soltando y él se sintió más a gusto con su acompañante. Descubrieron que eran ambos fans de la música clásica, pero que tenían cierta debilidad por las divas pop más maricas del mundo: Madonna, Kylie, Mariah…, y por supuesto su preferida, Cher. El tiempo pasó volando y, cuando se dieron cuenta, el camarero los miraba con cara de “tenemos que cerrar, y como sigáis así empalmaremos con las cenas”.

Se dejó invitar, ya que, a fin de cuentas, esta era una comida de disculpa, aunque para él, esta cena le había hecho descubrir a alguien muy interesante al que quería seguir conociendo. Siempre se quejaba de la superficialidad del ambiente gay y de cómo siempre se primaba el aspecto ante muchas otras cosas que realmente son importantes. Miguel creía que el mundillo se estaba frivolizando y que un aspecto maravilloso era éxito asegurado. Abrió la puerta del restaurante para que su acompañante saliera y este lo miró entre sorprendido y agradecido.

—Ha sido un verdadero placer conocerte, Pedro. Y después de esta magnífica cita, estoy preparado para la siguiente —le soltó a bocajarro, esperando que hubiera una próxima vez.

—Esto… Yo… No era una cita.

Miguel se acercó un poco más hacia el muchacho, dando un paso hacia adelante.

—Pues fíjate que yo creo que sí lo ha sido. A los diez minutos de estar solo enfocado en mí, has dejado toda esa tensión que tienes ahora; te has puesto a gesticular, hablar con naturalidad y, sobre todo, a disfrutar de sentirte a gusto.

Verlo sonrojarse era adorable y lo hacía aún más guapo. No podía creerse lo rápido que estaba cayendo por el muchacho. Le vio encoger los hombros y, sin darle ni un segundo para que reaccionara, lo besó.

La intención de Miguel era darle un beso bonito, algo que sellara la maravillosa cita que, aunque era para pedir perdón, para él se había convertido en una increíble, como no había tenido en mucho tiempo. Pero lo que no esperaba era la reacción de Pedro.

—¡Qué haces, bujarra!

Esa fue la palabrota que lo estuvo marcando por tiempo en su juventud, y dicha por la persona que acababa de besar, lo destrozó por dentro.

—Mira, yo me piro, tío. Pensaba que habíamos tenido un momento especial y había sentido no sé qué mierda de conexión contigo. Pero, al parecer, es más importante…

Su palabrería fue interrumpida por otro beso, esta vez mucho más necesitado y con mucho sentimiento detrás. Miguel se dejó llevar, esperando que este momento no se rompiera. Cerró los ojos y devolvió el beso con fruición. Pero no duró mucho; abrió los ojos y vio al chico mirándolo entre anhelante y temeroso.

—¿Qué tal si vamos a un sitio más seguro y menos vistoso para ti? No haremos nada, pero no quiero que te encuentres en estado de alerta por si te ven.

—¡No quiero hacer nada! —exclamó asustado Pedro, que había entrado en estado de pánico después del subidón de adrenalina con el que se había decidido a besarlo.

—He dicho que vayamos a un sitio más tranquilo y privado. No he dicho que vaya a violarte, así que tranquilízate.

Pedro empezó a dejar de hiperventilar. Su cuerpo estaba temblando y no pudo evitar cogerlo del brazo e intentar calmarlo.

—Mi oficina está a menos de cinco minutos andando. Vamos allí; te doy algo de beber y te calmas. ¿Ok?

—Va…, vale.

Sin apartarse del muchacho, emprendieron camino hacia el local de Miguel. Abrió la puerta de los trabajadores y le señaló las escaleras.

—¿Sabes? Es la primera vez que voy a entrar en un local gay —dijo con cierta inocencia el asustado Pedro.

—¡Eso hay que celebrarlo! Sube las escaleras y verás una puerta que pone “STAFF”. Siéntete en tu casa; el sofá es muy cómodo. Yo voy a por las bebidas, ¿qué tomas?

—Una cerveza estará bien —le pidió.

—¡Qué masculino! —exclamó, fingiendo ser una mujer mientras bajaba las escaleras.

Se había sorprendido de llevar a alguien a la oficina. Era su lugar privado, donde se hacía la magia que lo convertía en Poison, la travesti más maléfica de la ciudad.

Abrió la zona de la barra y sacó un whisky escocés con hielo para él y una cerveza belga de importación para el invitado. Subió las escaleras y se encontró a Pedro con los ojos abiertos como platos, mirando todos los trajes que tenía de su trabajo nocturno.

—¿Todo esto es tuyo? —señaló el armario lleno de trajes de lentejuelas y satén.

—Sí, todo mío, ¡culpable! Tengo que ir renovando el vestuario. Una travesti que repite trapo es una travesti vieja.

—Creo que esto… Creo que ha sido un error —dijo asustado.

—Déjate de tonterías; no voy a vestirme ahora. Además, tengo a Poison encerrada en una caja. Ya sabes: no le puede dar la luz del día, no puedo darle de comer después de media noche y no se puede mojar. Cosas normales de las travestis.

Para él, escuchar la risa nerviosa del chico fue un alivio, ya que al menos se sentía protegido. No era que le preocupara en exceso; se sentía muy orgulloso de su trabajo nocturno. Pero por alguna razón, esperaba cierta aceptación del chico. Tenía que reconocer que no le gustaba la manera en la que se autoatormentaba. Era bastante difícil ver a una persona que podía dar mucho de sí y no verla florecer por una serie de educaciones homófobas y claramente discriminatorias. Recordaba perfectamente su discusión de ayer en el desfile.

«¡Caroooooo! chillé para llamar la atención de mi amiga, que estaba pendiente de que su nuevo ligue no se perdiera entre la multitud.

¿Qué quieres, pesada? preguntó enfadada.

¿Has visto a Ana? No la veo por ningún lado. 

A ver, Poison, cielo, es mayorcita. Seguramente ha visto a alguien parecido a su ídolo y habrá salido detrás de él como una loca. Ya sabes que decían que iban a venir a actuar.

Ya, pero recuerda que es de pueblo y a veces se puede perder.

¡Ja, y luego la zorra sin sentimientos soy yo!

Me reí con ganas cuando, sin querer, choqué contra alguien y casi me caigo de las plataformas.

¡Mira por dónde vas, imbécil! me dijo alguien desde abajo.

Pero ¡qué dices, capullo! ¿No ves que a mí se me ve a millas?

Sí, bueno, pero podrías mirar un poco hacia abajo; tú también hubieras podido esquivarme.

Oye, ¿a ti qué coño te pasa?

¡Me pasa que me pone enfermo gente como tú!

Ahí no pude aguantarme y me puse echa una furia.

Oye, guapito de cara, recuerda que el maricón que también está en la fiesta eres tú, ¿eh? No me vengas ahora con gilipolleces. 

Sí, pero yo no voy dando la nota y no me parezco… me señaló a mí y todo mi alrededor con los dedos a ninguno de vosotros. ¡Parecéis un puto circo!

¿Y a ti qué más te da eso?

¿Qué pasa, Poison? preguntó Caro, ya más tranquila y de la mano de su nueva conquista.

Este puto armarioso sacado de los Kikos, que en vez de mirar por dónde va, hay que dejarle pasar y rendirle pleitesía. Pues disculpe su vuecencia, pero entre las plataformas y que no me sale del coño, no puedo hacerle una reverencia. 

Pude oír la risa de Caro y su acompañante. No era que pudiera evitar aguantar la risa; la situación era ya de por sí muy cómica y el susodicho aún estaba delante.

A ver dijo el chico, enfadado. ¡Yo no os he faltado el respeto!

Ay, mi niño, sí lo has hecho. Has ofendido a muchos de los que estamos aquí; no por alusión, sino por generalizar le increpó Caro sin perder la compostura y con ese tono pedagógico que tanto la caracterizaba.

La gente como yo dije cabreado, haciendo las comillas con los dedos estamos hartos de que la gente como tú, armariosa e intolerante con sí misma, quiera invisibilizarnos. Y por eso montamos esta fiesta. ¿Te ha quedado claro?

Lo que tú digas, friki.

¡Ahora sí que la has armado gorda, maricona de cine de barrio! 

Me abalancé sobre él, pero me esquivó y vi cómo se iba corriendo hacia fuera de la concentración.

Intenté pillarlo, pero se me escapó, y no tenía ganas de ir detrás de él. Pero pude ver cómo se estampaba contra un dios en la tierra, un morenazo de escándalo de casi dos metros de alto y un cuerpo escultural que se podía discernir entre la camisa que obstaculizaba la vista de sus maravillosos músculos.

Vi que el subnormal estaba discutiendo con él. Estaba claro que solo había venido a la fiesta a montar jaleo. Se le notaba a millas que era un armarioso, pero su actitud estaba fuera de lugar. Después de decirle algo e intercambiar varios desaires, el chico al que le faltaba un polvo se fue. El tío bueno se agachó un segundo y me miró directamente. Sin más dilación se acercó a mí.

Hola.

¡Guau, muñeco, estás para mojar pan! 

El dios griego sonrió ante el comentario, pero me enseñó una cartera.

¿Podrías devolverle al chico con el que has discutido su cartera? Se le ha caído y yo ya no estaré aquí para devolvérsela.

Estás de coña, ¿no? Paso del imbécil ese.

¿Sabes? No te costaría nada y sería tu buena acción. El chico tiene algo grave con lo que lidiar, y quién mejor que una bocazas para enseñárselo.

Iba a responderle, pero sin saber por qué, cogí la cartera y él se giró sin que pudiera decirle nada para rebatirle». 

Se quedó mirándolo y le devolvió la sonrisa.

—¿Sabes? Me sorprendió cómo te comportaste en la fiesta de ayer.

—No puedo decir que me sienta orgulloso. Mi familia es católica, siempre me han educado pensando que los gais somos unas aberraciones de la creación y que Dios nos quiere destruidos.

—Pues siento decirlo, pero tu educación ha sido una puta mierda.

—Dímelo a mí —dijo Pedro con la voz desconsolada.

—¿Por qué no te vienes mañana por la noche al local y disfrutas del espectáculo?

—No me sentiría cómodo, Miguel; sería como si tú fueras como Poison a la misa de domingo.

—¡Eh! ¿Quién te ha dicho que no lo haya hecho ya?

Y de nuevo, la risa. Era tanto el entusiasmo de su risa que llenaba toda la habitación.

—Habría pagado por ver la cara del cura.

—Yo te la cuento: entre roja y púrpura, como la sotana. Todo un espectáculo digno de ser visto.

—¡No te creo!

—Pues ya puedes ir creyéndome, porque te aseguro que fue una de las cosas más divertidas que he hecho en mi vida.

Se acercó un poco más y chocó su bebida con la de él mientras lo miraba a los ojos.

—Por los momentos divertidos —dijo, a la vez que sonreía y le guiñaba un ojo.

Vio cómo empezaba a sentirse incómodo. Se preguntaba cómo podía ligar un chico como él, con ese miedo agarrado a su cuerpo.

—Pedro…, ¿puedo preguntarte algo?

—¿Por qué me da miedo esa pregunta? —preguntó con cierto tono asustado en la voz.

—Quizá porque intuyes cuál va a ser y le tienes algo de miedo.

Lo que hizo en ese momento fue lo más divertido que le había visto hacer en lo que llevaban de día. Se puso en jarras y lo miró con la cara muy seria.

—No será que he descubierto que eres gay, ¿no?

La cara que se le quedó a Miguel era un cuadro. No sabía si reírse o llorar, pero el hecho de que Pedro hiciera una broma le daba cierta esperanza a que esta pregunta no le explotara en la cara.

—Teniendo en cuenta que estás algo encerrado en el armario… ¡Espera, déjame acabar! —lo advirtió con la mano, viendo que ya iba a contestarle—. ¿Cómo haces para ligar? ¿Usas Grindr? ¿Alguna aplicación para el teléfono?

Pedro se puso rojo como un tomate casi al instante. Por supuesto, había dado por hecho que sería una pregunta delicada y que esto podría acabar mal.

—No ligo nada.

Y ahí estaba la respuesta que no esperaba. Como cualquier ser humano, lo había juzgado antes de tiempo, pensando que, aun estando armarioso, seguiría teniendo sexo a escondidas, sintiéndose culpable por lo que hacía y ocultándose.

—¿Qué quieres decir?

—Pues lo que has escuchado, no ligo mucho. No se me da bien. Las aplicaciones para el teléfono me parecen muy frías, y la verdad es que no tengo demasiada suerte en lo que a relaciones se refiere.

—Creo que podría decirte que conmigo ¡lo has conseguido bastante bien, ¿eh?! —dijo, intentando animarlo y guiñándole un ojo.

—No sé qué me pasó, de verdad. Por algún extraño motivo, me sentí atraído por ti. No pude evitar besarte; no quería irme sin hacerlo.

Miguel se acercó con suavidad a Pedro y lo cogió de la cintura. Pudo sentir cómo el muchacho se estremecía con el tacto, la conmoción de su cuerpo cuando lo acercó hacia él. Sus miradas se cruzaron. Se podrían haber perdido horas observando sus ojos, pero fueron sus labios los que tomaron la iniciativa. El choque fue aún más increíble que en el restaurante. No podían evitar que sus lenguas salieran ansiosas por rozarse y entrelazarse entre ellas.

Las piernas de Pedro empezaron a flojear, pero Miguel lo tenía fuertemente cogido. Se separaron para respirar y se miraron de nuevo.

—¡Guau! —exclamaron a la vez con una sonrisa tonta en sus caras.

Se abrazaron y siguieron besándose sin poder parar. Iba a ser una bonita tarde de besuqueos.

Vairus observó por la ventana a la pareja. Eran realmente adorables y no podía negar que sentía cierta envidia de esa intimidad. No recordaba si había sentido algo así en algunas de las aventuras que había tenido. Se quedó mirando cómo se desnudaban y consumían su acto. Apartó la vista sonriendo; ya se despediría de ellos más tarde. Pero la pregunta seguía ahí: ¿Había sentido algo así por alguien? La respuesta le estalló en la cabeza con la misma velocidad con la que la pregunta llegó.

Pedro estaba azorado; jamás había tenido un sexo tan increíble como lo acababa de tener.

—¿En qué piensas? —le preguntó Sergio reincorporándose y acariciándole la cabeza.

—¿Que no sé dónde nos va a llevar eso? —observó en voz alta el chico.

—Mira, yo tampoco sé dónde va a llevar esto. La pregunta que creo que debes hacerte es más bien otra.

Pedro lo miró extrañado, alzando una ceja.

—No seas bobo. Me refiero a ¿hacia dónde quieres que lleve esto? Esa es la pregunta que deberías hacerte. Piensa dónde quieres que esto acabe.

—Yo no quiero que esto acabe —dijo asustado.

—Pues ya tienes la respuesta a tu pregunta. Yo tampoco quiero que esto acabe, pero esto justo está comenzando. No me gusta acelerar las cosas, no me gusta presionar y, mucho menos, que me presionen.

—¡Yo no quiero presionarte!

—Lo sé, bobo —susurró mientras lo abrazaba para conferirle algo de seguridad—. Lo que quiero decir es que podemos trabajar esto día a día, sin necesidad de ponerle etiquetas ni nombres hasta que no estemos los dos preparados.

—Me gusta eso.

—Sí, a mí también me gusta.

Se volvieron a abrazar con suavidad, sintiendo de nuevo esa sensación de bienestar.

—¿Vendrás mañana a verme?

—No sé, Miguel, no sé si estoy preparado para esto aún. ¿No podemos vernos durante el día?

—Si quieres ver a dónde nos lleva esto, tendrás que lidiar con mi otro yo y mi local, cielo.

Pedro pareció pensárselo con fuerza y, por la expresión de su cara, Miguel supo que había ganado una pequeña parcela de terreno en la arenosa batalla contra el muro de hermetismo que el chico había puesto sobre sí mismo.

—Está bien, ¿qué tengo que hacer?

—¡¿De verdad?! —chilló muy agudo Miguel, casi dejando a Pedro sordo.

—Sí, de verdad.

—Tu ponte muy guapo para mañana. Cuando llegues, le dices a Felipe, el de seguridad, que Poison te ha dado el Sinsajo. Si se ríe, me lo dices. Pero me avisará y saldré a buscarte. Estarás en un sitio resguardado y exclusivo.

—Y me podré ir cuando quiera —dijo sin preguntar, como si fuera algo de facto.

—Por supuesto, podrás irte si quieres, aunque me gustaría que te quedaras conmigo hasta el final; así charlamos y veo esta cara bonita.

De nuevo, otro beso y una gran sonrisa. La verdad era que estaban dando pasos increíbles y, al menos, Pedro no parecía tener un palo en el culo.

Se despidieron y Miguel se fue a casa. Estaba literalmente exhausto. No podía creer que habían tenido en una sola tarde tres intensos orgasmos. Se notaba la “necesidad” de Pedro. Cogió el teléfono y llamo a su amiga Caro.

—¿Qué quieres ahora, loca del coño?

—Hola, cielo mío, ¿cómo estás?

—¡Tú has follao!

—¡Joder, qué zorra, ni la bruja Lola, joder!

—Ay, mi niño, ¡quiero saberlo todo! Y cuando digo todo, es todo.

—¿Tú te acuerdas de aquel chico repeinado y vestido de Kiko que nos increpó en la fiesta de ayer?

—Ah, sí, el imbécil aquel al que se le perdió la cartera.

—Pues…

—¡¿No?!

—Sí.

—Pero ¿cómo eres tan puta?

Y ahí fue cuando decidió contarle todo lo que le pasó: la comida en el restaurante, el primer beso, la tarde en su oficina del bar, su sexo desenfrenado de adolescente en el sofá cama. Y la promesa de que se verían hoy por la tarde para que Pedro lidiara con Poison.

Se miró al espejo como unas doscientas veces; jamás había estado tan nervioso en la vida. Su cuerpo temblaba en una mezcla de excitación y de miedo. Iba a ir a un local gay a ver un espectáculo de travestis y el chico con el que estaba empezando algo era la estrella principal. Le entró el miedo de golpe; se sentó en una silla y respiró con dificultad. Por un momento habría querido tener algún amigo o amiga que supiera de su sexualidad. Pero no era el caso. Por un momento, se sintió solo.

Volvió a mirarse al espejo con impaciencia y se repasó el vestuario: sus pantalones tejanos nuevos y planchados, sus zapatos negros bien lustrados y su polo de color azul cielo menos formal de la marca del cocodrilo. Se peinó algo rebelde, con los pelos un poco de punta con la ayuda de un poco de gomina y terminó perfumándose con su fragancia preferida.

Miró el reloj nervioso. Faltaba una hora aún para que el local estuviera preparado, pero decidió llegar bien de tiempo para no ser ningún centro de atención.

Cogió su coche para llegar bien. Cuando llegó al centro, aparcó en un parquin público y se fue al local en el que justo ayer había tenido una maratoniana tarde de pasión. Eso hizo que su corazón se embraveciera y cogiera más fuerza para llegar allí.

Cuando llegó a la puerta, había un segurata de dos metros de alto, calvo, con cara de pocos amigos y más grande que el armario ropero de Narnia.

—Hola —saludó algo acojonado.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Yo… Es que… Poison me ha dado el Sinsajo.

Al hombre casi le dio la risa, y lo miró con cierta intensidad.

—Miguel, tu potrillo ya está aquí —dijo el hombretón, tocándose la oreja por lo que se suponía que era el pinganillo.

Pedro se puso rojo como un tomate y empezó a cabrearse. No le gustaba que se rieran de él.

—¿¡Ya está bien no!? —exclamó Pedro cabreado mientras veía a Poison con un estupendo vestido verde radioactivo y una peluca verde fosforito salir por el lado del pasillo que subía a su oficina.

—¿Qué pasa, cariño? —preguntó Miguel con su voz normal para intentar calmar al chico.

—No me gusta que se rían de mí.

Miguel lo miró extrañado y luego miró al segurata.

—Oh, cariño, no se ríe de ti. ¡Esta zorra se está riendo de mí! —chilló indignada Poison, dándole un golpe en la cabeza que resonó muy fuerte por la calva—. Llevan dos horas cachondeándose de mí cuando les he dicho que vendría alguien diciendo que te he dado el Sinsajo. Es más, creo que se han confabulado en mi contra y te van a defender de estas uñas —dijo, mostrándolas para que viera lo grandes que eran.

Ver la sonrisa de Pedro hizo que Poison y Miguel se sintieran bien.

—¿Pedro? —sonó detrás de todos, y al nombrado se le heló la sangre.

Girándose poco a poco, vio a sus dos jefes con las respectivas mujeres mirándolo de manera inquisitiva.

—¡Jorge y Santiago, qué sorpresa! ¿Qué os trae por aquí?

—Eso mismo nos estábamos preguntando, tío. ¿Qué haces con esos?

Poison iba a atacar en ese instante, pero se quedó de piedra cuando vio que su chico daba un paso al frente.

—Estos son mis amigos. El calvo que parece un gigante es Felipe, y la despampanante mujer que hay a su lado es mi futuro novio Poison.

Las parejas lo miraron horrorizados y se fueron sin decir nada, al parecer muy molestos.

—¡Me acabas de dejar muerta; casi se me caen las bragas de la impresión!

Pero la adrenalina dio paso al terror más absoluto.

—¡Déjame en paz Miguel; me hablas cuando vayas vestido como una persona normal!

Y se desató la tercera guerra mundial.

El teléfono sonó por octava vez en menos de una hora. Contuvo la respiración. Miguel estaba siendo insistente y a Pedro no le apetecía contestar. Cuando dejó de sonar, respiró de nuevo, ya más aliviado. Se sentó en el sofá, cansado y a la vez más triste de lo que había estado en su vida. Pero su descanso duró poco, porque alguien llamó a la puerta. Con cierta pereza, se levantó y se dirigió hacia ella, esperando que fuera el de la pizza. Pero para su desgracia, quien estaba allí era Miguel.

—¡Como se te ocurra cerrarme la puerta, lo flipas!

—No tengo el cuerpo para esto Miguel, déjalo, no somos compatibles, no puedo con tu mundo.

—¿De qué cojones me estás hablando, Pedro? ¿Mi mundo? Tío, que yo solo tengo un bar y hago espectáculos por la noche. No soy transexual, no me visto de mujer porque me ponga cachondo. Solo soy un travesti que actúa todas las noches para poder mantener mi negocio.

Pedro cerró la puerta de su casa, esperando que ningún vecino los estuviera oyendo.

—¿Cómo sabías que vivía aquí? —dijo bastante molesto.

—Tuve tu cartera, ¿recuerdas?

—Es verdad —suspiró agotado.

—Pedro…, me gustas mucho.

Las piernas de Pedro flojearon en ese instante, sin saber qué responderle. Estaba casi en estado de shock; solo habían pasado veinticuatro horas y ya anhelaba las caricias de Miguel. ¿Tenía algún sentido?

—Yo… —le titubeaba la voz—, yo no sé lo que siento.

Miguel se acercó con mucha suavidad, para no violentarlo.

—Te fuiste enfadado ayer. Sé que no estabas realmente enfadado conmigo; esos imbéciles de tus compañeros de trabajo te pusieron en una posición incómoda y reaccionaste así. Mira, estoy dispuesto a lidiar con tus ataques de “armaritis” —le marcó con los dedos, haciendo comillas mientras lo decía, imitándolo.

—¡No tengo armaritis!

—Oh, cariño, sí la tienes, pero yo puedo ayudarte a lidiar con ella. Yo arranqué a bocaos el mío y puedo ayudarte a salir del tuyo poco a poco. Dolerá, un poco, pero te daré todo mi apoyo para que sea más leve. De verdad, cielo, no es necesario que sufras en el proceso, solo necesitas ser libre de sentir lo que te apetezca.

—Pero yo no sé si te quiero.

—¡Nos ha jodido! ¡Yo tampoco lo sé! Por eso quiero intentar averiguarlo. Quién me iba a decir a mí que me quedaría pillado del gay armarioso que tuvo el coraje de enfrentarse a la travesti más peligrosa de la ciudad en plena fiesta del Orgullo Gay y rodeado de gais furiosos.

Pedro se rio y se dio cuenta de que su enfado no era con la persona que tenía delante. En realidad, su enfado era consigo mismo; había necesitado de alguien que lo quisiera apoyar y cuidar en sus pasos fuera del armario.

—¿Me ayudarás?

Miguel se acercó, rodeó con sus brazos su cintura y lo arrastró hacia él.

—Si esto no funcionara, te prometo que intentaré ser un buen amigo y ayudarte a ser feliz.

—Pues espero no ser solo tu buen amigo.

—Yo también lo espero.

Compártelo en: